jueves, 7 de julio de 2011

I

El general se puso de pié en pleno discurso, y ante la vista de todos los asistentes, desenfundó su arma, esa misma que solo usaba en las prácticas de tiro, le saco el seguro, apunto, y disparó. Un solo tiro fue suficiente, el general era un excelente tirador. El presidente cayó tumbado como un saco, mientras las mujeres gritaban y el público quedaba atónito.
Todo pasó tan rápido, que nadie alcanzó a reaccionar cuando el general disparó el segundo tiro, directo en su boca, y cayó al suelo chorreando sangre de lo que quedaba de su cabeza.

Solo Fernández, que estaba ahí por casualidad, se percató de que antes el general contestó su celular, escucho un par de segundos, lo dejó caer, esperó un segundo más, y sacó su arma. Si el general hubiera sacado su arma inmediatamente, él hubiera hecho algo, pero ese segundo, ese desafortunado segundo, lo hizo dirigir su atención hacia el teléfono que iba cayendo hacía la pista central del parque. Para cuando el teléfono toco el suelo, creyó por un ínfimo instante que el sonido del disparó venía del teléfono destrozándose contra la loza. Luego todo fue gritos y caos.
Fernández cálculo mentalmente el tiempo transcurrido durante los hechos, no era más de un segundo en que el general realizó los dos disparos. Era en realidad un tirador experto, aunque jamás había disparado su arma fuera del centro de entrenamiento.
A pesar del caos, Fernández no se movió de su ubicación, no corrió, mantuvo la calma y trató de concentrarse al máximo para observar y recordar cada detalle posible de la escena. Siempre tuvo un talento para observar con detenimiento, pero esta situación lo superaba con creces, y no fue capaz de detectar nada que le diera más señales para interpretar lo sucedido.

De vuelta en la oficina, el Jefe del departamento de investigaciones de la ciudad repartía instrucciones a todos para analizar las pruebas, investigar al general, su familia, sus amigos, y todo aquel que hubiera tenido contacto con el general durante el último año. Sanchez era un tipo formidable, de gruesa contextura, y 1.97 metros de estatura, así el don de mando era algo innato en él.
Fernández oía todo, pero no escuchaba, estaba pensando a 200KM/hr. Sanchez lo observaba, Fernández siempre había sido un excelente investigador. Luego de que salieran todos, Sanchez llamó a Fernández a su oficina.

- Victor, te escucho.
- Que quieres escuchar?
- No empieces, te conozco, sé que cuando miras el techo es que estás analizando. Que estás analizando? que viste?
- Pedro, el general recibió un llamado telefónico antes de los disparos.
- Que dices?! - exclamó Sanchez - Debiste decírmelo antes! donde está el teléfono? El general Mardones solo tenía su billetera cuando lo revisamos, o lo que quedó de él.
- Eso es lo extraño -replicó Fernández. Vi caer el teléfono a la loza del desfile, luego, durante el caos, desapareció de mi vista.
- Debemos encontrar ese teléfono como sea, debemos saber quien habló con Mardones.
- Es todo Victor- dijo luego de un par de segundos. Vete a casa, toma una ducha. Te quiero de vuelta a las 20:00.

Fernández no se despidió, no era su costumbre con Sanchez. Sanchez le perdonaba esos desaires, porque sabía que no eran intencionales, solo significaba que ya se había sumergido en sus pensamientos.


Camino a casa, con Poison Heart en la radio, Fernández analizaba la imagen que tenía grabada en la retina. Nunca ocultaba nada a Sanchez, pero esta vez prefirió no contar lo que había visto. Efectivamente, durante el caos, el teléfono desapareció de la losa de parque, pero lo que no le contó a Sanchez fue que vio una mano recogerlo, aunque no pudo ver a quien pertenecía. Pero la imagen que no podía sacarse de la mente era esa mano de dedos delgados, con el extraño tatuaje, si es que era un tatuaje, en la base del pulgar. Nunca había visto el símbolo, pero el verlo le provocó una sensación que jamás había sentido, una mezcla de familiaridad con ansiedad…